domingo, 23 de abril de 2017

Sobre esta playa de guijarros parada





Pequeñas rocas, mis rocas, mi pasado.
Lento corazón de casa
que el amor ha estallado y pulido.

Ya no hay roca, ya no hay casa.

El corazón vive libre a la intemperie,
late, vuela, canta.
El muro que lo contenía ha caído hecho carne
todo es presente en esta playa de guijarros.

La arena no es fina y blanca
no es virgen de pisadas
no es azul el agua.
Es un paisaje que queda
tras la íntima pelea de la sangre.
El cielo es rojo,
roja el agua
verde la mañana.

Soy yo a pesar y por lo tanto
Ni grande, ni pequeña,
humana y peregrina.


Gisela Galimi,  Memoria de la piedra, Editorial Textos intrusos, Buenos Aires, 2015

Obra visual: Galia Eibenschutz

La nostálgica





En este momento la pampa
es una lengua de acero, ilumina cuanto corta.
La parva brilla sangre de plata.
Y la liebre corre por el acero de la escarcha
Buscando calor en los huesos.

Dije mil veces: esto no es para mí.
Y quedé en un cono urbano con una pampita en la maceta
y la sensación, sólo la sensación, de las liebres cuando corren para
                  generar calor.

La vida urbana es el traqueteo incesante de todo el cuerpo para llegar
               a un lugar
donde se toma café caliente para despertar y continuar, con el
             traqueteo.


*

El sentimiento de ligazón a la especie es simple empatía.
Te convido un poco de mi sensación de pampa guardada en el pecho y en las rodillas. Puedo seguir aquello, en la memoria del agua de arroyo, en láminas verdes. Que flamean como banderitas en una patria de cutis verde. Llena de sapos en las aguadas y chanchos salvajes: dios, sálvalos de ser morcilla.


*

En el cono lumínico busco letras para engarzar
una joya nueva toda comunicación: 
estamos aquí. Nos sentimos bien.
El clima es benigno y el hambre es un ejercicio de la mente. En la
                    carencia se templa el espíritu.


*


Todo cuanto veo es mío y no me pertenece. Nada de lo que me
       pertenece, debería. Le preocupan el mundo y el destino de
            las letras. Garantizar la presencia de la letra es asegurar la
            continuidad de la diversión.
Mentes que leen son mentes más divertidas.
Esas que pueden reír en la adversidad y que inventaron el cine y el
             teatro en plena guerra de trincheras.

No se puede vivir sin referencias.



Fernanda Castell, De la Migración, Editorial TSE - Trópico Sur Editor, Maldonado, Uruguay, 2014.

Obra visual: Santiago Robles




¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros


Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.
La punta del lápiz el trazo.
Donde expira un pensamiento hay una idea, en el últi­mo suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la es­pada la magia: es allí a donde voy.
En la punta del pie el salto.
Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra «tertulia», y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a donde voy.
Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Des­pués de muerta es hacia la realidad a donde voy. Mien­tras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
Es hacia mi pobre nombre a donde voy.
Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa.
En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamen­ta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.
Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullan­tes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero len­tamente.¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros. 


Clarice Lispector, Silencio, Editorial Grijalbo, Barcelona, 1988 (traducción: Cristina Peri Rossi)

Pintura:  Ursula Schultze-BLUHM

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el centro del poema
      echa raíces

niña bajo el vinal*

sin miedo
da de mamar

las que fui las que aún soy

he jurado proteger a esa niña
del raspado de hojas venenosas

he jurado ser su madre


Catalina Boccardo, Formosa, Ediciones El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2015.





*En la zona central de Formosa crece el vinal cuyas espinas vuelve impenetrable el monte. Una leyenda guaraní cuenta: "Junto a sus padres vivía un niño de corta edad de sentimientos perversos y en cuyo corazón no había puesto Tupá virtud alguna. Consultados los payés o hechicero, poco tardaron en afirmar que Añá, el espíritu del mal, se había alojado en su cuerpo. Cuando se prestaban a curarlo, el pequeño se apartó unos pasos y consiguió dispararles unas flechas hiriéndolos mortalmente, hecho lo cual huyó velozmente hacia los montes vecinos. No fue posible darle alcance porque cruzaba sin ningún inconveniente regiones inmensas cubiertas con cardones o matas espinosas, mientras sus perseguidores despedazaban sus carnes en ellos y tenían que retroceder. Por último desapareció y un buen día, deshecho por el cansancio y el hambre, murió. Añá, que le protegía, lo transformó en un árbol y le dio espinas y en su proximidad todas las plantas perecen, salvo el cardón y el cardoncillo, que le protegieron en su huida"

Fotografía: Catalina Boccardo (Serie Laguna Naineck)

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¿parir una hija?
en el agua tibia
sostendrá un solo linaje
anfibia
desovada
podrá ver el mundo desde el lodo
pira*
membykuña*

Catalina Boccardo, Formosa, Ediciones El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2015.






*Pez


*Hija de la madre


Fotografía: Catalina Boccardo (Huevos de rana)

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mi esófago delira
sombras de aduana
barco balanceante
de sed
jarrones de provincia
oscuros como aquella chiquita
inapetente mbói*
agua turbia
oky*

un relámpago amarillea los tártagos

cualquier animal de la familia huele a humedad

voy hacia esa molécula
arteria de plomo
asesinato del agua
en la tava guazú*
mi cuerpo de barro se deshace

Catalina Boccardo, Formosa, Ediciones El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2015.



*Serpiente
*Agua de lluvia
*Arbusto típico de zonas formoseñas
*Ciudad


Fotografía: Catalina Boccardo (Serie Balnearios)



viernes, 21 de abril de 2017

Obras realizadas con humo de fósforos o velas por Juan Treuquemil Herrera, chileno y autodidacta.






El cuerpo amordazado


El butoh nació en Japón hacia 1960. Tatsumi Hijikata, bailarín moderno sin ninguna práctica de las danzas tradicionales japonesas, quiso basar esta nueva forma de danza en su experiencia de la vida en su aldea natal. Concibió el butoh no sólo en oposición a la danza occidental, sino también como una reacción frente a las danzas tradicionales japonesas, pues todas pertenecen a una cultura a la vez urbana y aristocrática.
Para el joven Tatsumi el medio en que se crió no es más que una suma de fragmentos grotescos. Naturaleza, hogar, vida cotidiana: todo es imperfecto. Posee una sola certeza: su cuerpo vulnerable. A su juicio, el cuerpo es prisionero de moldes culturales desde la infancia, a través de la educación. El objetivo primordial de la danza es, pues, resucitar las posibilidades de ese cuerpo asfixiado por la cultura. La tarea es ardua, pues el hombre es totalmente incapaz de imaginar -al no haberlas vivido, observado o pensado- esas posibilidades hoy día perdidas. Sólo se sabe que debe hacerlas revivir mediante un proceso que no suponga ni la regresión infantil ni el retorno al hombre primitivo.
El Butoh, dice Tatsumi Hijikata, es un cadáver que se mantiene en pie a riesgo de su vida. Supongamos que el hombre rechace todos los movimientos rutinarios impresos en su cuerpo. Probablemente, entonces, le costará mantenerse en pie. Sin embargo, tendrá que permanecer en esa posición. Pues es así como su cuerpo podrá descubrir nuevas posibilidades. En eso consiste la danza butoh.
El cuerpo de cada bailarín de butoh tiene desde luego características propias. Uno alimentará largo tiempo un resentimiento hábilmente contenido para dejarlo surgir de golpe en el momento oportuno. Otro mostrará el cuerpo transparente y vulnerable de un ángel. Un tercero pasará por sucesivas transformaciones de acuerdo con el lugar, el tiempo y el público. Sin embargo, en cualquier caso, el bailarín de butoh debe aniquilar primero su cuerpo cultural, y vuelto cadáver, ponerse de pie. Sólo después se preguntará cómo moverse. 

Akira Amagasaki, El cuerpo reinventado. 





Raíces


jueves, 20 de abril de 2017

Molinos de viento


Largo es el camino


Las paradojas



Hay cansancio en la voluntad de vivir
en la acción constante del animal
y en la quietud parcial del vegetal
que prolifera y se expande en dirección del sol
a través de estos muros.

Hay cansancio también en la quietud
de las piedras muertas
y en el espíritu díscolo de aquéllas
capaces aún de rodar.

El cansancio está en el centro mismo del reposo
pero se lo concibe y se lo percibe sólo
como efecto de la acción.
En la medida en que la vida lo es
todo resulta cansancio.
Reconforta saberlo,
reconforta verdaderamente saberlo
en el corazón de la extenuación.

La alegría de sentir que la lentitud
ha vencido a la fatiga
toda vez que nos repetimos bajo la mecánica
de una acción indiscernible
(impulso del impulso)
no deja de ser una alegría también indiscernible.

Qué es el cansancio de la materia,
del cuerpo, el cansancio muscular,
animal,
el agotamiento de las fuerzas,
de los impulsos sostenidos en la acción encadenada
a la acción,
de los impulsos sostenidos en la quietud asimilada
a la quietud.

La muerte a su vez cansa
entendida como posibilidad,
negada como posibilidad.

El cansancio de la muerte es un cansancio inexorable.
La muerte cansa en su condición paradojal.
Pero cansa por cierto infinitamente menos
que la vida.

¿Quién ha dicho cuánto me cansa esto de morir?
Es la fatiga de una acción multitudinaria,
efecto de las muertes incuantificables de todos
quienes nos han precedido en el trance
que comporta el morir.
Un tránsito acaso a otro cansancio fatal,
contra toda esperanza de reposo,
de redención.

El cansancio del reposo
es todavía mayor que el del trabajo
porque las paradojas provocan además,
y ésta es la cuestión,
una fatiga,
un gran agotamiento mental.

Luis Bacigalupo

Escultura: Pablo Maire

El hombre que siembra




El hombre que siembra está sentado sobre un escalón
estira el brazo, toca el suelo, acerca la mano a su nariz
siente el olor húmedo de la tierra.

En cada planta hay una idea de las cosas.
Por cada planta un hombre que siembra.

Las semillas deben estar enterradas
a una profundidad del doble de su tamaño.
De no ser así, puede que la planta no cumpla
con todo lo que esperamos haga.
El hombre que siembra, a esto lo tiene bien clarito,
y cada vez que se equivoca se castiga con baños de agua fría.

El hombre que siembra
rompe en su mano las piedras de tierra seca
formadas por el exceso de sal, de sodio.
Y a ese polvo lo mezcla con uno más húmedo y sedimentado.
De este modo la tierra nunca se pierde, nunca está maldita:
el único desierto es el de uno y su clase.

El hombre que siembra tiene un cuaderno
donde cuenta lo que le rodea.
"Hoy encontré el sauce
quemado. Pensamos que por un vaso de whisky.
Le hice una poda de ramas y brotes muertos,
removí y cambié su tierra; lavé sus raíces con jabón blanco.

El sauce sabrá cómo continúan sus días,
sus nuevas cicatrices y su fuerza que duerme
deberán significar un nuevo aprendizaje
en este punto donde el tiempo ha detenido el crecimiento".

El hombre que siembra camina por los viveros
recordando la temperatura del metal a la intemperie.

Matas, follajes verdes.

Con los brazos cruzados en la espalda
mira las líneas de las figuras sobre las hojas.
Las plantas vistas de cerca
no parecen plantas.

El hombre que siembra observa las flores de su balcón
atacadas por una peste estacional.
En el edificio de enfrente sus vecinos discuten
por una llamada perdida.
La peste forma colonias en los rincones del tallo
contra la hoja. Después pone huevos. Después
descansa. Cuando revientan los huevos la planta muere
y se mudan a la próxima.

El hombre que siembra sale a caminar cada vez que llueve.
Calcula los años de los árboles
que están en la vereda y escribe su edad sobre el cordón
con un pedazo de ladrillo.
Después vuelve a pasar y corrobora.
A veces tacha el número viejo y a su lado escribe el nuevo,
a veces le suma un dos, un tres en las unidades.

Cuando llueve es más fácil saber la edad de los árboles
porque brilla su corteza.

El hombre que siembra mira a su mujer mientras duerme.
Imagina que es una planta y la puede arreglar.
Cambiar de la tierra, regar, cortar las ramas secas.
Después camina a su cuarto, se acuesta y reza:
"Esta es mi pala. Hay muchas como ella, pero esta es la mía.
Mi pala es mi mejor amiga. Es mi vida.
Debo dominarla como domino mi vida.
Sin mí la pala es inútil. Sin la pala yo soy inútil.
Debo enterrarla con precisión.
Debo enterrarla mejor que los que quieren mi trabajo.
Debo enterrarla antes de que ellos lo hagan.
Lo voy a hacer. Amén".

Después de rezar, se queda unos minutos
solo con su memoria, que le enseña un pueblo
a la siesta, con los troncos de sus árboles pintados de blanco.
Y él camina entre unos largos eucaliptos
que delinean un camino de tierra.
El hombre que siembra se arrodilla.
Apoya una mano sobre el suelo, la cierra
y levanta un puñado de tierra que lleva
hasta su cara y huele.

Carlos Godoy

Escultura: Serena de la Hey